Columna de Opinión María José Bon, Directora de En Modo Emprendedor
En Chile se ha instalado, casi sin cuestionamiento, un relato donde el empresariado aparece asociado a abuso, privilegio o aprovechamiento. Un discurso que se repite en debates públicos, redes sociales y espacios políticos, y que termina simplificando una realidad que es mucho más compleja.
Porque cuando se habla de “el empresariado” como si fuera un bloque único, se pierde algo esencial: la economía no funciona en blanco y negro, y tampoco las personas que la sostienen.
En la viña del señor hay de todo.
Hay políticos buenos y malos.
Hay empresarios responsables y otros que no lo son.
Reducir a todo un sector productivo a una caricatura perversa no solo es injusto, también es dañino para el desarrollo del país.
El empresariado en todas sus escalas, cumple un rol central en la economía: genera empleo, dinamiza territorios, paga impuestos y asume riesgos. Sin embargo, en lugar de discutir cómo mejorar prácticas, fortalecer regulaciones o avanzar hacia modelos más sostenibles, muchas veces se opta por demonizar el concepto mismo de empresa y de empresario. Y ese enfoque termina golpeando, paradójicamente, a quienes menos poder tienen.
Las cifras ayudan a poner los pies en la tierra.
En Chile, aproximadamente 98% de las empresas son micro, pequeñas y medianas, y concentran cerca de dos tercios del empleo formal del país. No son grandes conglomerados ni grupos económicos: son almacenes, pymes de servicios, empresas familiares, cooperativas y emprendimientos que crecieron con esfuerzo propio. Son, especialmente en regiones, quienes sostienen la economía real.
A esto se suma un contexto cada vez más exigente. En los últimos años, las pymes han debido adaptarse a cambios estructurales relevantes: la implementación gradual de la Ley de las 40 horas, el aumento sostenido del salario mínimo, nuevas exigencias laborales y administrativas, y mayores costos operacionales. Transformaciones necesarias en muchos casos, pero que no impactan de la misma manera a una gran empresa que a una pyme, donde cada ajuste se vive en la operación diaria y no en una planilla consolidada.
Cuando se instala la idea de que “el empresario es el problema”, lo que se hace es deslegitimar a miles de personas que todos los días generan trabajo. Personas que operan con márgenes estrechos, alta incertidumbre y un nivel de riesgo personal que rara vez se visibiliza. Personas que no tienen horarios claros, que no conocen las vacaciones reales y que muchas veces convierten a sus equipos en una segunda familia. Muy lejos del relato simplificado que se instala desde sectores que no conocen o no quieren conocer los dolores reales de las pequeñas y medianas empresas.
Desde las regiones, esta brecha es aún más evidente. En territorios como O’Higgins, Maule o Ñuble, el emprendimiento y la empresa no son conceptos abstractos: son panaderías, agricultores, servicios locales, cooperativas, proveedores y pymes que sostienen empleo donde no llegan las grandes inversiones. Sin embargo, estas realidades rara vez ocupan un lugar central en la conversación nacional sobre desarrollo económico.
El problema no es discutir el rol del empresariado. Al contrario, es una discusión necesaria.
El problema es hacerlo desde la generalización y no desde la evidencia, desde el prejuicio y no desde la realidad económica. Hablar del empresariado como si fuera “el diablo mismo” solo empobrece la conversación y aleja soluciones reales.
Chile necesita más y mejores empresas, no menos.
Necesita empresarios responsables, sí, pero también un relato que entienda que sin empresa no hay empleo, y sin empleo no hay desarrollo social posible.
Seguir demonizando al empresariado puede ser rentable en lo discursivo, pero es siego en lo económico. Y quienes primero pagan ese costo no son los grandes actores, sino las pequeñas y medianas empresas que sostienen el país todos los días, sin épica, sin aplausos y muchas veces sin reconocimiento.
La pregunta es inevitable:
¿queremos un debate económico que construya desarrollo real, o uno que siga castigando por relato a quienes hoy mantienen el empleo y la actividad productiva en los territorios?
